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Escribe: Adán Morales/@adangio

 

El pueblo entero se había puesto sus mejores trapitos para asistir a la fiesta, una fiesta especial, iba a haber de todo: pisto, mixiotes, carnitas, piñatas y mucha música.

Desde un día antes se había estacionado en esa casota el camión de  un grupo norteño  y otro que tocaba música de banda.

La gente llegaba en grupos, bien bañados y los hombres con gel en el cabello, las mujeres habían abarrotado las tres únicas estéticas del pueblo.

El momento no era menor, el gavilán festejaba a una de sus hijas.

Las  mesas estaban cubiertas de blanco con vivos rosas, ocupaban el patio, la cochera, la sala, la calle y hasta las casas de los vecinos se habilitaron como comedores, el rio de gente era sorprendente

Se empezó a escuchar algo de Los Tigres del Norte, el escenario era inmejorable, en el centro del patio se podía apreciar una piñata enorme, frondosa de tanto papel celofán y china, colorida de rojo, azul, amarillo, morado, anaranjado.

Los niños del lugar se arremolinaban para ver el espectáculo. Algunos se acomedían a colaborar acomodando las sillas con tal de estar cerca de todo y ver la piñatota de cerca.

Entre ellos, como si fuera una travesura, gritaban, intentaban cantar. “La piñaaata tieeene caaaca, tieeene caaaca, cacahuates de a montón”.

Bien les había dicho el gavilán: órale compas, vayan a mi fiesta, va a haber de todo, chingón.

El grupo norteño se turnaba con el grupo de banda. Era un mano a mano. En las mesas botellas de bucanans 18. Todo caro. Carísimo. Manteles, sillas acojinadas, meseros de primer orden. Cerveza y tequila del mejor para los que no fueran güisqueros. Coca en el baño por lo que se ofreciera. Guardias aquí y allá. Mujeres que no eran del pueblo, con apariencia de teiboleras citadinas, distribuidas entre los invitados que llegaron solteros.

Era cierto. Había de todo.

La mesa principal era ocupada por El gavilán y unos políticos.

Para ellos la fiesta era la rúbrica de la complicidad.

Los alcoholes y los mixiotes satisficieron a los asistentes.

Horas de baile, de diversión, de poner en práctica el famoso pasito de cartón de cerveza.

El tiempo de quebrar la piñata llegó.

Borrachos, cansados, algunos con suficiente polvo blanco en la sangre empezaron a darle de palos a la piñata, cuya majestuosidad y elegancia habían quedado atrás.

Le dieron duro en un ambiente festivo. Otros fueron más enardecidos y violentos, como si se desahogaran pegándole más fuerte a la piñata, que al final fue quebrada.

Pero de su interior no salieron dulces ni mandarinas, sino dólares.

Los billetes verdes caían del cielo entre la algarabía y los empujones.

Hubo un político que no se aventó a la piñata, pues le habían regalado una  para él sólito

 

Al día siguiente, ya de tarde, los niños más enterados cantaban a grito abierto: “la piñaaata teeenía lana, teeenía lana, lana de a montón”.

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